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APOSTILLAS INTERNACIONALES

La Herencia Temporal y Espacial

Por Eduardo H. Cundins – (MEG)

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Sería redundante convenir que somos “de” lo que fuimos. Que nuestro hoy es el devenir de nuestro pasado y, como dice Borges, los argentinos “venimos de los barcos” al igual que de los pueblos originarios (espacio) pero también de un pasado (tiempo) en el que se construyeron los cimientos de la civilización occidental. Ello, pues, reconoce una dimensión no solamente temporal sino espacial, somos la herencia de un exterior que modeló nuestro presente engendrado a nuestros hermanos que fundaron la República.


Será la etapa periconstitucional en que se vieron fuertemente influenciados por el mundo por entonces conocido en la delineación de este proyecto sugestivo de vida en común sudamericano: Europa y sus autores principales (Rousseau, Motesquieu, Hobbes), la utópica “Argirópolis” de Sarmiento, “Las Bases…” de Alberdi respetaron, inclusivamente, la matriz original de estas expresiones de formas de gobierno que no han sido ni más ni menos que las anticipadas por Aristóteles como creador de la ciencia regia, la ciencia de los reyes, la ciencia política.


En el análisis de las constituciones, el estagirita, reconocía la existencia de formas puras e impuras, siendo la perfección o la bondad (en su acepción de “bien”), el más alto grado de excelencia, el cual estaba dado cuando atendía al interés común y no el interés parcial (cualesquiera sea el tipo de gobierno).


Mínimas consideraciones le dedicaba al hecho de si un gobierno era de uno, de varios o de muchos, no era  la cantidad de los mandatarios en donde radicaba la perfección sino en su finalidad: la atención del bienestar general, del interés común, del bien común.


Existía así la monarquía la que por mal uso de ese poder se corrompía en tiranía, la república (democracia) como gobierno de tod@s (del pueblo- el demos-cratos) que se implementaba a través de representantes que podría desvirtuarse en demagogia y finalmente el gobierno de los mejores los (aristós) que era la aristocracia (ha existido un rudimentario prejuicio sobre esta expresión) y cuya corrupción devenía en oligarquía.


Cada cual de los tres modelos poseía virtudes y defectos; las decisiones cruciales podrían verse demoradas y por ello malogradas en un gobierno en que todos opinaran (aspecto legislativo) aunque con respaldo popular; por oposición, la mera decisión de uno (criterio ejecutivo) con ese privilegio de celeridad y de prontitud en la atención de las demandas, si bien podía acarrear la virtud de la oportunidad se reñía con la necesaria reflexión que enriquece y que advierte los efectos negativos de una resolución apresurada. Pese a no representar, electivamente, los intereses de una mayoría. No obstante, ni lo uno ni lo otro, aun siendo opuestos, eran necesariamente negativos.


En el análisis de las constituciones (Libro Segundo) los mejores, los aristócratas, ocupaban el sitial reservado a los  que más saben, los que más conocen de esa arquitectura constitucional, la de cada Estado y la que, en el caso occidenta,l derivó en lograr la convergencia de estas tres modalidades para la mayor perfección de un sistema en el que convivieran las virtudes de cada uno de los tres ámbitos en que se divide el poder estatal.


Ese balance fue inspirado desde ese exterior que describía el “cómo”, ni en más ni en menos que el modo de equilibrar un sistema gubernamental perfecto. La existencia de aristócratas así como los mecánicos o los ingenieros lo son de un taller o los diplomáticos de una relación exterior representan los expertos, los especialistas, los “doctos” en las reglas que más y mejor saben de constituciones para que éstas procedan y actúen del modo en que finalmente el pueblo, constituido, ha decidido que así lo sea.

 

La excelsitud de la forma promulgada ese 1° de mayo de 1853 por los constitucionalistas, imbuidos de espíritu republicano reclama la necesaria reflexión, la comprensión de que una convergencia de diferentes, antes que interferir o deformar, complementan en su perfección un estilo de gobierno que es orgullo, síntesis superadora y orientación de otras repúblicas americanas. Aquello que en su gestación provino de un exterior distante y que en su tránsito devino hacia un exterior cercano nos debe seguir llenando de orgullo. Tan solo nos separan 16 décadas de ese hecho.

 

 

EDUARDO H. CUNDINS – (LEO - MEG) 675

 

 

Las opiniones vertidas en este artículo no representan necesariamente las del Círculo de Legisladores y del IEERI.

Sólo son responsabilidad del autor

 
 

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